Un grupo de 50 expertos internacionales pide a la OMS que recomiende el uso generalizado de mascarillas de alta filtración para sanitarios, también fuera de picos epidémicos. Su argumeEste 8 de marzo, una pregunta incómoda debería planear sobre cada redacción: ¿por qué, si las mujeres sostienen casi el 40% de la investigación en España, su presencia en las noticias es casi testimonial?

Los datos son tozudos y dibujan un mapa de desigualdad que no se mueve en 15 años. A pesar de ser la mitad de la población, las mujeres apenas ocupan el 26% de las noticias como sujetos y fuentes, según el último monitoreo global de medios.

 

En los ámbitos STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), la situación es de exclusión: las investigadoras no lideran titulares ni siquiera en campos como el biosanitario, donde son mayoría.

Es el llamado «techo de papel» : la capacidad del periodismo para invisibilizar la autoría femenina y consagrar al hombre como la única voz válida. Cuando las mujeres aparecen, a menudo lo hacen en roles de víctimas o portavoces de temas «blandos». Y si logran ser fuentes expertas, su contribución tiende a diluirse (el conocido como efecto Matilda), citando al jefe del laboratorio, que suele ser varón.

Las consecuencias de este borrado son profundas. Si las niñas no ven científicas en las pantallas ni en los libros de texto —donde apenas representan el 7,5% de los referentes que se estudian en la ESO—, el mensaje es claro: la ciencia no es un lugar para ellas.

Pero la hostilidad no acaba ahí. Cuando las expertas logran espacio, a menudo lo hacen en un entorno hostil. Más de la mitad de las investigadoras que comunican ciencia ha sufrido ataques. El 34,3% ha recibido comentarios que cuestionan directamente su capacidad profesional. En el entorno digital, la cifra escala hasta el 75% para mujeres en la esfera pública. Muchas optan por el silencio para protegerse.

A esto se suma una doble vara de medir: a las mujeres se les exige una hiperespecialización para ser consideradas fuentes válidas, mientras que los hombres son vistos como expertos generalistas. Y la falta de tiempo por conciliación familiar pesa más en ellas (23% frente al 10% de ellos), dificultando su participación en tertulias fuera del horario laboral.

Frente a esto, algunos medios han empezado a aplicar correctores. Un conocido diario económico, al descubrir que solo dos de cada diez de sus fuentes eran mujeres, desarrolló un bot para corregir el sesgo. Pero son excepciones.

Este 8M, la pregunta clave es si los medios quieren seguir siendo espejos de una realidad desigual o convertirse en motores de cambio. Incluir a las científicas como voces de autoridad no es una concesión, es rigor periodístico. Es ampliar el relato y construir un imaginario donde las niñas sepan que la ciencia también tiene nombre de mujer. Porque una historia contada solo por ellos es, sencillamente, una verdad a medias.


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NOTICIA AGENCIA SYNC